Jano

Jano, el dios bifronte de los comienzos, transiciones y puertas, poseía la capacidad única de mirar simultáneamente hacia el pasado y el futuro con sus dos rostros opuestos. Aunque originalmente romano, fue adoptado en el panteón griego tardío como guardián de umbrales, tanto físicos como temporales. Su doble visión le otorgaba sabiduría sobre las consecuencias de decisiones presentes, convirtiéndolo en consejero invaluable para momentos de cambio y elección crucial.

Jano presidía todos los comienzos importantes: el inicio de guerras y su conclusión, el amanecer de cada día, el primer día del año y los momentos de transición vital como matrimonios y nacimientos. Los romanos lo consideraban el más importante de sus dioses nativos, y los griegos lo integraron como protector de comerciantes que cruzaban fronteras y viajeros que atravesaban territorios peligrosos. Su templo permanecía abierto durante tiempos de guerra y se cerraba solo durante la paz, simbolizando su vigilancia constante sobre los cambios del destino.

Mitos y leyendas

Según la tradición, Jano fue el primer rey del Lacio, quien recibió hospitalariamente a Saturno cuando este fue expulsado del Olimpo por Júpiter. Como recompensa, Saturno le otorgó el don de ver pasado y futuro simultáneamente. Durante el rapto de las sabinas, Jano ayudó a las mujeres raptadas haciendo brotar una fuente de agua hirviente que detuvo a los perseguidores. El mes de enero (januarius) recibió su nombre en su honor, marcando el momento de transición entre el año viejo y el nuevo.